
Este año es el cien aniversario del nacimiento de Simone de Beauvoir. Se la suele conocer como la novia o amante de Jean-Paul Sartre, sin embargo, su fama se hubiera dado aunque jamás hubiese conocido al importante filósofo francés. Simone es famosa no sólo por sus brillantes novelas (como Los Mandarines, 1954) o sus magníficos ensayos (como El segundo sexo de 1949, obra fundacional del feminismo contemporáneo y célebre por su cita: "No se nace mujer, se llega a serlo"), sino por su brillante y arrolladora personalidad.
Estoy en contra de exagerar la importancia de las escasas mujeres de renombre en la historia de la filosofía con él único ánimo revanchista de reivindicar a la mujer por el mero hecho de haber sufrido el abuso masculino. Creo que cada intelectual ha de ser tenido en cuenta no por ser mujer u hombre, sino por lo que nos dice. Pero en el caso de Simone de Beauvoir la cosa es evidente. Es una mujer que se ha ganado su puesto en un mundo dominado por hombres por méritos propios.
No obstante, quizá uno de sus más meritorios logros sí se deba el hecho de ser mujer: la gran compresión de su propio género. Y quizá esa sea una de las grandes carencias de la historia de la filosofía. Los grandes pensadores intentaron entender al hombre en abstracto, con independencia de su sexo (¿es que acaso existen hombres asexuados?). Ya era hora de que alguien hiciera filosofía sobre ese gran desconocido para los filósofos: el sexo femenino. Y ya era hora de que alguien lo hiciera bien.
Gracias Simone.