domingo, 23 de marzo de 2008


El 19 de marzo de este año nos dejó Arthur C. Clarke. La fascinación por el universo ha sido uno de los signos del hombre desde el comienzo de los tiempos. Desde el universo esférico plagado de esferas de éter de Eudoxo, pasando por la geometría de Ptolomeo y Kepler, hasta llegar a nuestro actual universo relativista, el hombre ha intentado comprender sus misterios. Pero no sólo los ha intentado comprender, sino que también ha fantaseado sobre ellos. Innumerables son los relatos de ciencia-ficción que plagan nuestras librerías. Flotas de naves espaciales se enfrentan en el anillo de Orión, razas de extraterrestres se lanzan a la conquista de la galaxia, agujeros negros absorben nebulosas enteras... Durante mucho tiempo, y aún hoy en día, se sigue considerando la literatura de ciencia-ficción como un género menor. Los grandes premios de literatura se reparten entre escritores que se dedican a "cosas más serias" mientras que la fantasía espacial queda siempre en un segundo plano. En muchas ocasiones, la acusación es verdad: hay muchas obras de ciencia-ficción que no llegan al aprobado, pero no es el caso de nuestro autor. El británico Arthur C. Clarke debería figurar como uno de los grandes escritores de nuestro tiempo.

Su novela 2001: Odisea del Espacio, que tan magistralmente convirtió Stanley Kubrick en una de las mejores películas de toda la historia, es el más claro ejemplo de su calidad como escritor. Una novela no sólo puede medirse por su calidad estilística, por ser una demostración de maestría en el uso del lenguaje. Una novela ha de medirse también por la imaginación que en ella se despilega o por ser una apertura a una nueva visión del mundo. Nuestra historia ha cambiado debido al impresionante avance de la ciencia y la tecnología en los últimos años. Y este enorme cambio parece haber pasado desapercibido a gran parte de nuestros literatos. Gracias a los dioses que Clarke no se olvidó de ello.

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